Posteado por: ignaciopeman | febrero 27, 2011

biografía

R. Graves 24 July 1895 – 7 December 1985,  tenía 19 años cuando  al estallar la primera guerra mundial se alistó en el ejército en el cuerpo de fusileros; enviado al frente, los horrores que presenció en el campo de batalla le marcaron profundamente. Su primer volumen de poesías fue publicado en 1916, aunque más tarde intentaría ocultar las poesías escritas durante la guerra. Durante la batalla del Somme, ese mismo año, fue herido de tal gravedad que  el mando informó a su familia de su muerte. A pesar de ello se recuperó, pero al quedarle  secuelas en los pulmones pasó el resto de la guerra en Inglaterra, tratando en vano de reincorporarse al frente.

En 1917, Graves tuvo un papel protagonista como protector de  su amigo Siegfried Sassoon, también poeta y perteneciente al cuerpo de fusileros, de la acusación de deserción de un tribunal militar  después de haberse ausentado sin permiso y dirigido a su comandante un escrito denunciando la guerra.

El poema de R. Graves, “Two fusiliers” se publicó dentro de la colección Fairies and Fusiliers en 1918 y los dos fusileros podrían ser   Sassoon y él mismo. Del poema llama  la atención la conexión  entre guerra y camaradería. Camaradas parecen decir y no amigos. Frente a  la  vida cotidiana que genera o puede generar amistades, vinculaciones afectivas, identidades que  se  reconocen, gustos comunes,  los  camaradas son propios de  situaciones excepcionales, ante metas excepcionales, y en  un mundo en el que uno no  elige sino que es elegido. De seguir su etimología,  camarada que viene de cámara, sería la relación que surge por dormir en un mismo aposento y la amistad  por su parte haría referencia al afecto personal, puro y desinteresado. La unión a partir de la acción, frente a la unión de la conversación. En principio, la unión que surge de una experiencia  intensa y única  sugiere mayor profundidad que la amistad de un café o de paseos en las mañanas soleadas de los Domingos. La amistad nos saca de nuestra oscuridad, permite aclarar la identidad propia  encontrar en el contraste un espacio común, un contacto con lo universal.  La camaredería, no obstante,  quizás permita conocer la verdadera identidad que únicamente surge en situaciones extremas.  Pero, a su vez,  la  camaradería puede tener  un riesgo: desaparecido ese viaje, esa aventura, ese mundo o atmósfera, ese entorno, esa historia en común, los camaradas pueden  reencontrarse en un bar alrededor de un café y  asistir  a un embarazoso   silencio alrededor de la mesa,  a un repetitivo recuerdo de un mundo ya inexistente.

Pero también es verdad que cuando los camaradas pasan a ser a amigos, como  lo fueron Graves y Sassoon, su sello está unido posiblemente como ninguna amistad pueda estarlo.  Cuando además  se tienen diecinueve y veinte años  todo adquiere un cierto aire de viaje iniciático   en la que  todo lo primigenio conlleva -como sabemos- un sello que perdura más allá del tiempo y del espacio.

I. Pemán

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