Posteado por: ignaciopeman | mayo 11, 2011

La belleza y el dolor de la batalla

Peter Englund, ‘La belleza y el dolor de la batalla’, 2011. La edición original en sueco, 2008. Recensión: José María Navarro Viñuales

Todo conflicto puede observarse de dos maneras. La primera a vista de pájaro, elevándonos sobre los campos de batalla y atisbando con una buena perspectiva los movimientos de los diversos ejércitos. Es una visión panorámica, que, si bien no identifica cada una de las tragedias personales que ocurren, nos muestra la estrategia militar. La otra manera de observar lo que está ocurriendo es abandonar las alturas y descender a ras de suelo. Es cierto que entonces tan solo vemos lo que ocurre a nuestro lado pero lo que perdemos en perspectiva lo ganamos en detalle. Ahora te salpican las cosas, su olor y su sabor. Ves, hueles, conoces. El libro que comentamos pertenece a este segundo grupo, tomando como punto de partida los diarios y memorias de veinte personas que vivieron la Gran Guerra. El orden de la narración es cronológico: los relatos van explicando, siempre desde la perspectiva de los personajes, las sucesivas vivencias de los mismos, a veces parafraseando sus palabras, otras, menos frecuentes, citándolos literalmente. La riqueza de la información es abrumadora (el libro es largo -761 páginas- y denso, pero siempre ameno). Y la variedad de puntos de vista da voz a sujetos muy dispares. Uno de mis personajes preferidos –al final uno termina sintiendo empatía por todos ellos, pero, como en la vida, siempre hay favoritos- es el militar profesional venezolano Rafael de Nogales, que se alista en el ejército turco. Parece un personaje de novela de espadachines. Entre otros eventos es testigo directo de las matanzas de cristianos armenios por parte de los turcos (la condición de testigo y de cristiano hace que su vida esté en peligro, p. 269), y, por ello, uno de los pocos con información directa sobre tan disputado genocidio. Un principio general aplicable a casi todos nuestros protagonistas es el progresivo deterioro de sus iniciales ilusiones a medida que conocen de primera mano lo que es la guerra, y, sobre todo, está va prolongándose. A nosotros lo primero que nos choca es que tuvieran una visión tan idealizada de la guerra, que les pareciera una heroica ruptura con la rutina diaria. ¿Es que se precisa una guerra para saber lo que es la guerra? Esa idealización tiene un punto de estupidez, por no usar términos más graves. Y, claro, las ilusiones son falsas pero el dolor es real: ‘La guerra es bella, en las pupilas de generales, periodistas y eruditos’, concluye el soldado francés Rene Arnaud, p. 322, o ‘Al comenzar la guerra, pese a todo lo horrible, había ciertas dosis de poesía. Ahora de eso no queda nada’, ahora es Kresten Andresen desde el bando alemán, p. 350. Las memorias y escritos que son la base del libro abundan en sentimientos y reflexiones llenas de interés. Cito algunas al azar: El joven y aristocrático oficial ruso Lobanov-Rostovski escribe en un momento de peligro: ‘Mis soldados me observan, tengo que disimular mi pánico’ y simultáneamente apunta algo totalmente distinto: ‘Si algo me pasa ahora, es una lástima que nunca vaya a tener tiempo de acabar ese libro de Von Clausewitz’, p. 362. El soldado inglés Harvey Cushing tras el cercano impacto de una granada: ‘Y el salvaje que llevas dentro hace que aquello, pese a toda la miseria, el despilfarro, los peligros, el desgaste y el maravilloso estruendo, te encante. Sientes que, mal que te pese, los hombres están destinados a esto, y no para arrellanarse en un cómodo sillón con un cigarrillo, un whisky y la prensa amarilla o una novela de éxito, mientras fingen que ese barniz es civilización y que tras la almidonada y hasta el cuello abotonada pechera de sus camisas no se oculta un bárbaro.’, p. 508-9. Alfred Pollard, un soldado inglés que recibió la máxima condecoración –Victoria Cross- recibe un tiro en el hombro: ‘Entre lo último que recuerda está la idea de que no puede desmayarse: ‘Solo las chicas se desmayan.’ Después se desmaya.’, p. 202. Y así página tras página. Las notas al final del libro son excelentes. Nos aportan datos históricos complementarios de toda índole, desde el porcentaje de muertos en los prisioneros británicos capturados en Kut-al-Amara (70 %, p. 713) al castigo a los soldados austrohúngaros que no usan condones (p. 702), o la explicación de que la acuciante sed de los heridos se debe a la pérdida de sangre (p. 701). Al final de la narración correspondiente a cada año se incluye un interesante apéndice fotográfico, si bien de no excesiva calidad gráfica. En resumen, el libro nos ofrece una visión poco frecuente de la Gran Guerra a partir de los escritos de veinte de sus protagonistas. Y una observación final: muchos de los autores eran muy jóvenes, o con pocos estudios, pero, en general, los diarios y memorias que constituyen la trama de este excelente libro están muy bien escritos.

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