Posteado por: ignaciopeman | junio 24, 2011

Reseña

La mirada francesa en el frente resultó muy diferente de la poésía  británica. En aquel París no era fácil encontrar eco alguno de esa expresión inglesa cercana, emotiva tras la ironía, de protesta ante tanta crudeza, ni en fin ningún intento similar de tejer un fondo común que como una alambrada en el horizonte cobijara aquellas miradas que se quedaron en el camino. No. El poeta francés no parece estar impactado sino fascinado o quizás del propio impacto encuentra en lo histriónico, en la locura, una forma de evitar la mirada directa sobre la realidad.. También las letras reflejan el surrealismo propio de la época, y como tal expresan el absurdo, el azar y lo incoherente como sustrato del ser humano. Por su propia incoherencia textual no resulta  fácil su lectura y no cabe duda de que solo cuando existe un punto de genialidad supera el siempre difícil paso por el túnel del tiempo.

El caso más claro fue el de Apollinaire. Italiano de nacimiento -Roma- tenía 44 años al estallar la guerra, pero ni la edad ni la nacionalidad le impidieron alistarse en ese divertimento que fue para él la guerra. Se alistó como voluntario y fue herido de gravedad en la cabeza en 1916. Fue intervenido quirúrgicamente de la bala en el cerebro y aunque sobrevivió le dejó graves secuelas lo que le obligó a permanecer en retaguardia. Para él su permanencia fuera del frente fue un agravio tal era la nostalgia que tenía de las emboscadas, incluso de la propia sensación de miedo. Como explica Annette Becker “El frente provocó en Apollinaire una enorme fascinación y conmoción”, -Una biografía de guerra (editorial Tallandier)-.¿Puro snobismo?. Así parece opinar Francisco Umbral al señalar que “Apollinaire canta la guerra cuando la guerra es la actualidad de cada mañana, y aquí hay un esnobismo extremado y peligroso. Apollinaire, como Jean Cocteau y tantos otros, no canta la guerra como patriotismo sino como estética”. En fin, escribió los Caligramas en medio de la guerra,  las cartas a Lou, su novia durante gran parte de la guerra, en el que expresa su fascinación por todo lo que veía.

Menos belicista resultó André Breton, (Tinchebray, 19 de febrero de 1896 – París, 28 de septiembre de 1966) poeta, ensayista, crítico, editor, sirvió en el área de neurología de un hospital de Nantes y entre los soldados heridos que trató en 1916 encontró a Jacques Vache, (Lorient, 7 de septiembre de 1895 )cuya vida y muerte por suicidio en 1919 tuvo una influencia enorme sobre Breton. De hecho sus Lettres de Guerre, con ensayo introductorio del propio Breton, constituye un trabajo fundamental  en la pre-historia del dadaísmo y surrealismo. Aunque Breton dejó en sus poemario, Monte de Piedad (Monte de Piedad), -publicado en 1919- sus impresiones de la guerra, ha sido esta introducción la que permanece en el recuerdo de la literatura francesa

En un contexto literario muy distinto se encuentra Paul Valery (30 de octubre de 1871-20 de julio de 1945). Tenía 46 años de edad cuando empezó la guerra, y en plena guerra publicó su primera gran obra “la Jeune Parque” publicada en 1917 de la que se ha dicho que es posible leerla como un intento de comprender una guerra, para él también incomprensible. .El poema no es sobre la gran guerra pero algunos han visto en él un intento de abordar las relaciones entre la destrucción y la belleza.

Paul Eluard (1895-1952)participó  en la Primera Guerra Mundial a pesar de estar enfermo de tuberculosis, sirvió en el hospital y también en el cuerpo de infantería en el que resultó víctima del gas de las trincheras. Pero por lo que ha pasado a la historia de la literatura francesa ha sido por su testimonio de la segunda guerra mundial y en concreto por su poema Libertad.

Para poder comparar a  Sassoon y sus amigos con sus compañeros franceses, incluyo  un pequeño fragmento de “la Jeune Parque” de Paul Valery, en su versión original, en la traducción inglesa – en una de las ediciones creo que con más solera- y una propuesta mía. Un fragmento que he encontrado de la introducción de Breton a las cartas de Veche, y una carta de este último cierran este testimonio de la mirada francesa.

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