Posteado por: ignaciopeman | enero 13, 2012

Aces Failing’, de Peter Hart

 Reseña de ‘Aces Falling’, de Peter Hart, Weidenfeld & Nicholson, 416 páginas, 2007.

Peter Hart, autor de numerosas obras sobre la primera guerra mundial (‘Passchendaele’, ‘Bloody April’, ‘Gallipoli’, …), es Oral Historian en el Imperial War Museum de Londres. Esto es, el señor Hart tiene a su cargo las entrevistas a los supervivientes de la primera guerra (mientras vivían) y, una vez fallecidos, la custodia y estudio de las grabaciones que se hicieron en su momento. A partir de ahí elabora sus libros.  La obra que reseñamos, por tanto, está en buena medida confeccionada con testimonios directos de los protagonistas, cuyas voces quedan transcritas en estas páginas. Es emocionante leer como sus protagonistas eluden mil peligros, pero nosotros, los lectores, sabemos que hoy –ochenta años después- ya están todos muertos, los que tuvieren suerte y los que no la tuvieron: una sombría lección de desesperanza (que ocurre con frecuencia cuando leemos Historia).

 Tal profusión de escritos en primera persona le da un toque muy humano, de modo que olvidamos los grandes acontecimientos –esta ofensiva, aquella otra- y escuchamos interesados lo que nos dicen las personas.

 Los pilotos son unos chicos jóvenes con ganas de aventura (como todos los jóvenes, como yo mismo si estuviera en su lugar). Llama la atención su ingenuidad, sus juegos y sus bromas, su valor y su miedo. A veces eran conscientes del peligro, otras no. Comían bien y dormían cómodos: la guerra, así vista, pierde parte de su sordidez y mantiene en buena medida su brillo (porque la guerra tiene su propio brillo: el orgullo del coraje probado, el éxito personal, el sabor del triunfo cuando es tu bando quien predomina, las condecoraciones).

 Nos familiarizamos con sus nombres: el excelente jefe de patrulla Edward Mannock (muerto: fuego de tierra), el eficaz James McCudden (muerto: accidente), el frío William Bishop (sobrevive), George McElroy (muerto: derribado en combate) o, al otro lado, los hermanos Richtofen (Manfred, el as más famoso de la guerra: muerto, derribado; Lothar: sobrevive, para morir en 1922 por un accidente aéreo), y tantos otros.

 Vivían lejos de la miseria y porquería de las trincheras, y el peligro de sus vidas les dotaba de una aureola heroica (tenían mucho éxito con las chicas). Todo eso es  cierto, pero morían a puñados (aces falling, nos dice el título): en combate o en accidente (aquellos aviones eran poco fiables), por un error o pese a no cometer ninguno; con veinte años o con una edad parecida. Y eso, una vida truncada en la primera juventud, es siempre un fracaso, o una tragedia, o ambas cosas a la vez.

 Y, finalmente, tras desear con intensidad el fin del conflicto, surge en los supervivientes el desasosiego, el anticlímax de la paz con su rutina y su falta de emociones: la falta de sentido –ese gusano que roe nuestra esperanza- ocupando lentamente el espacio que ha quedado vacante tras la huida de las grandes emociones.

 Imposible no identificarse con ellos de modo que, a modo de homenaje, cierro los ojos y les veo encender el motor de su precario avión, despegar y alejarse hacía la línea del horizonte (y, como ocurre con Arturo adentrándose en las brumas de Avalon, no perdemos la esperanza de que vuelvan).

 José-María Navarro Viñuales.

 

 

 

 

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