Posteado por: ignaciopeman | mayo 7, 2013

reseña

 

 

 

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Carl Sandburg (6 Jan. 1878-22 July 1967), hijo de emigrantes suecos, escritor polifacético, varias veces premio Pulitzer en historia y poesía (1940 y 1951) es ejemplo del poeta, escritor, -de cuentos, de biográficas-, de músico de folk, hecho a sí mismo; ávido de aventuras y viajes, a los 19 años recorrió el país en búsqueda de fortuna, con 20 años se alistó voluntario en el Regimiento de infantería de Illinois para servir en la guerra de Cuba y ya casado y con hijos, siendo  un reconocido periodista, se embarcó en 1918, por un año, como corresponsal extranjero al final de la primera guerra mundial para el periódico “Newspaper Enterprise Association”.

Los 11 poemas de guerra fueron compuestos entre 1914 y 1915, y apareció en 1916 en el primer libro de Sandburg (Los poemas de Chicago), que inauguró su carrera como poeta.

El poema aquí traducido –Grass- aporta a la poesía de guerra la mirada de la tierra; aquí la tierra es el gran protagonista, normalmente  silenciosa, inerte, aquí adquiere voz propia, la tierra ve pasar con el mismo  silencio, tanto a las encarnecidas batallas como   el paso de un tractor en un día de labor,  tanto a  la pareja que en el atardecer pasea por los caminos, como largas hileras de soldados en su marcha  al frente.  Aquí el silencio se hace voz indiferente de las escenas que pasan, adquiere voz para recordar su trabajo, su mecánico trabajo de   apilar muertos, de engullirlos como una máquina trituradora.

Pero también aquí puede que la imagen no sea exclusiva de la guerra olvidada, de los campos de batalla; cualquier tierra,  cualquier escenario, sirve, como testigo de conversaciones y vidas  olvidadas; al igual que los chopos de  cualquier  huerto o jardín han contemplado sueños y peleas,así  como el patio del colegio en un  gesto silencioso guarda generaciones enteras de chicos mirando fijamente un balón. La indiferencia del campo de batalla no es distinta a la del patio del colegio, su palabra sería similar, “déjame hacer mi trabajo”, déjame seguir escondiendo los gritos risas y sueños, las peleas e incomprensiones de generaciones entre sus baldosas, en su tierra baldía de lecciones que nunca son aprendidas, de niños que repiten la misma escena como si fuera la primera vez, como en algún punto del mundo también ahora se suceden guerras sin que al parecer hayan aprendido la lección.

I. Pemán

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